¿Regeneración populista?
Quienes no pagan impuestos según lo que les corresponde, desde el que está en la cima de la economía al que está en el último escalón de la misma, no sé si son conscientes de lo que representa su comportamiento. A los que están en la cima les debe dar lo mismo puesto que quizás utilizan poco o nada los servicios públicos y por eso se desentienden de sus obligaciones. A los que están en la parte baja sí les importan los servicios públicos y los exigen, como debe ser pese a que no todos cumplen como debieran (muchos, lo sé, porque no podrían seguir con sus negocios porque les fríen a impuestos, que es otra cosa que habría que revisar muy seriamente). Pero para otorgarle al Estado la fuerza que merece y poder exigirle que cumpla sus obligaciones para con nosotros, debemos estar convencidos de que todos recibiremos el mismo trato. Y eso, lamentablemente, no es posible mientras sigamos siendo un país de pandereta, en dónde los más admirados son quienes mejor saben hacer las trampas y en donde quienes se comportan de forma honesta se convierten en la mofa del resto, siendo también los más fáciles de perseguir y, con perdón, de ser los más jodidos por el propio sistema.
En lo que a política se refiere, debemos exigir que quienes la ejercen estén a la altura de nuestras expectativas y éstas deben estar bien altas puesto que votamos a quienes creemos que representan nuestras ideas de país y de futuro. No podemos permitir que quienes ostentan cargos de responsabilidad no estén preparados para ejercerla de la mejor manera posible, con el máximo de preparación y con retribuciones acordes a su responsabilidad. Quizás pagarles como corresponde a su cargo sea la forma de evitarles tentaciones de complementar sus sueldos con cargo al erario público y de evitar la práctica tan extendida en nuestra latitud del enchufismo. Y quizás pagando el sueldo acorde con su responsabilidad conseguiremos que las personas más preparadas se animen a querer asumir una labor tan exigente como la de dirigir el destino de un país y de sus ciudadanos.
Para recuperar la meritocracia, deberíamos ser capaces se evaluar a las personas por lo que saben y por lo que saben hacer, y no por su agenda de contactos y de amiguetes. No me sirven los partidos salvapatrias, que aprovechan los momentos de bajón para crecer como la espuma. No estoy convencida de que, más allá de sus discursos efectistas, haya realmente visión de futuro en lo que a sus propuestas se refiere. Veo más bien, como en la mayoría de partidos tradicionales, ambición de poder a corto plazo Los unos porque ya sabemos que van a seguir con el neo-liberalismo más rancio, transformando -por poner un ejemplo-, la sanidad pública en un negocio privado entre amigos, y los otros porque parecen querer decidir absolutamente todo en supuestas asambleas, cuando la política quizás consiste más en saber escuchar y en saber hacia dónde llevar un país a largo plazo y, a partir de ahí, tomar las decisiones para llevarlo a cabo. Y para decirles si son o no acertadas las acciones, los ciudadanos debemos disponer de mecanismos de participación y de control directos que nos dejen expresar nuestra opinión más a menudo de lo que las urnas nos permiten, no tanto para ir cambiando gobiernos cada dos por tres, sino para poderles transmitir a los gobernantes nuestra opinión en relación a las medidas que adoptan, dejándoles claro si se corresponden o no con los programas que nos propusieron y en base a los cuales decidimos nuestro voto. Y si no cumplen con lo ofrecido en sus programas, debiéramos tener mecanismos para exigirles responsabilidades por sus actuaciones contrarias a dichos programas. Dicho esto, que es fácil de decir, admito que los programas son complicados de elaborar y que es muy ardua la tarea de transmitir las medidas a ciudadanos que, para más inri, dedican poco o nada de tiempo a leer dichos programas. Pero, ¿con qué fuerza moral vamos luego a ser capaces de exigir que cumplan si no nos interesa lo que nos prometen?
Mientras tanto, me horroriza ver el continuado auge de los conflictos bélicos de nuevo y ver como la religión y la batalla por el poder económico se imponen al respeto por las vidas humanas. Me espanta sobremanera ver cómo unos cuantos utilizan el miedo para hacernos sacar nuestro instinto de supervivencia y manejarnos a su antojo, azuzándonos con posibles escenarios que están lejos de ser reales, pero que los poderosos nos venden como realidades inminentes. Es el cuento de nunca acabar. Reivindico que, como creo que mayoritariamente somos personas buenas y honestas, nos levantemos cada día con el ánimo de intentar vivir sin jorobar a nadie, pensando en si lo que vamos a hacer a lo largo del día puede tener efectos no deseados, no sólo hacia quienes nos rodean y tenemos más cerca, sino hacia quienes no vemos ni conocemos. Os dejo que me pongáis al caer de un burro porque debo parecer un alma cándida, pero estoy convencida de que somos más buenos que malos y creo que si cada día hacemos un pequeño esfuerzo, al final, todo suma. Eso sí, el esfuerzo es diario y constante, y cansa, pero recompensa.
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