sábado, 29 de diciembre de 2012

ECOLOGISMO Y RELIGIÓN

Ecologismo y religión
Revisión de la doctrina ecologista y su relación con las religiones monoteístas
26/03/2011 - Autor: Yusuf Nava
La destrucción de la naturaleza representa una de las grandes preocupaciones del mundo
contemporáneo. El continuo deterioro de los ecosistemas de nuestro planeta y la alteración
de los delicados equilibrios sustentadores de la vida, constituyen graves problemas que
deberemos resolver durante los próximos años. Prueba de ellos son las conferencias sobre
Medio Ambiente y Desarrollo organizadas y patrocinadas por las Naciones Unidas, la puesta
en marcha de ministerios y organismos nacionales e internacionales de diverso tipo para la
defensa de la naturaleza, el desarrollo del acervo legislativo en materia ambiental, el
surgimiento de partidos políticos cuyo ideario está inspirado en la problemática que nos
ocupa, y la movilización y creación de numerosas organizaciones no gubernamentales. No
menos interés demuestran las grandes religiones por el inquietante problema ecológico.
Enmarcada en esta preocupación mundial ha ido adquiriendo fuerza la ideología ecológica,
conocida con el nombre de Ecología profunda (deep ecology). En síntesis constituye un
sistema de pensamiento de carácter radical que, partiendo del problema ecológico, busca
realizar una crítica de los fundamentos culturales del mundo occidental.
El presente trabajo tiene como objetivo exponer los criterios de la ecología profunda,
valorando desde una perspectiva monoteísta la actual crisis ambiental.
1. La ecología profunda en nuestros días
Aunque podemos remontarnos hasta aquellos días en los que el hombre roturó la tierra,
dando comienzo a su transformación con las primeras prácticas agrícolas, como fecha del
comienzo del deterioro ambiental, es en realidad en el siglo XX cuando las alteraciones de la
naturaleza comienzan a preocupar, hablándose de “crisis ecológica”, “destrucción de la
naturaleza” y “contaminación”. Estos problemas unidos a la crisis de identidad de la década
de 1970, la quiebra de la ideología del progreso, el empeoramiento de la calidad de vida en
grandes capas sociales y accidentes con fuertes repercusiones en el medio ambiente, dieron
argumentos al incipiente movimiento ecologista que, desde posiciones marginales, fue
ampliando su base social, despertando una nueva sensibilidad en los países industrializados,
hasta el punto de llegar a condicionar la acción de los gobiernos. La voz de los científicos
que clamaban por un mayor respeto a los grandes principios ecológicos fue cada día más
escuchada, sobre todo al adoptar muchos de ellos una línea activista en foros políticos.
Los inicios del movimiento ecologista tienen lugar en Estados Unidos con el “gran apagón”
en noviembre de 1963, que dejó sin electricidad a gran parte de la costa Este y del sur de
Canadá. En 1969 David Brower funda “Amigos de la Tierra”, una de las primeras
organizaciones ecologista de ámbito mundial. Un año más tarde funcionan en Estados
Unidos más de tres mil organizaciones ambientalistas y ecologistas.
También en 1969, la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, publica el
informe “Los recursos y el hombre”, primero de los estudios procedentes de la comunidad
científica que alerta sobre la limitación de los recursos y la explosión demográfica.
En 1972 aparece el primer informe del Club de Roma sobre “Los límites del
crecimiento”(1), y en junio de 1973 se celebra en Estocolmo la primera “Conferencia
Mundial sobre el Medio Ambiente Humano”, organizada por Naciones Unidas, dando lugar
a la creación del “Programa para el Medio Ambiente (PNUMA)”.
Con estos antecedentes, el filósofo noruego Arne Naes acuñó en 1973 la expresión
“Ecología profunda” en un artículo2 en el que advertía que “los esfuerzos ecológicos pueden
orientarse en dos direcciones diversas. La primera de ellas busca ofrecer soluciones rápidas a
la contaminación y al agotamiento de recursos que amenazan al mundo; en este esfuerzo, sin
embargo, más que resolver los problemas, contribuye a esconderlos. La segunda orientación
constituye no una política de soluciones fáciles sino una crítica de los fundamentos
culturales que han empujado a Occidente al abismo en que se encuentra”. En definitiva Naes
abogaba por un cambio en las ideas que habían permitido a nuestra civilización progresar,
con el fin de hallar el equilibrio perdido entre el hombre y la naturaleza.
Esta distinción sigue siendo válida tres décadas después de su formulación cuando hablamos
de ecologismo. Sin embargo, el movimiento ecologista no es un grupo homogéneo de
activistas ni sus postulados obedecen exclusivamente a las formulaciones del filósofo
noruego y de otros pensadores y científicos de la época. El revulsivo que originó el fin del
comunismo y de las ideologías marxistas-leninistas, trajo consigo una mezcla de
progresismo izquierdista, feminismo, pacifismo, homosexualidad y ecologismo radical, cuyo
mensaje común reivindica la reforma completa de las estructuras sociales, el aniquilamiento
de la economía liberal y de las libertades amparadas por Constituciones capitalistas, el fin de
la industria tal como se conoce en la actualidad, la eliminación de los ejércitos y la paz
mundial.
Si bien algunos planteamientos son interesantes y dignos de tener en cuenta, la doctrina de la
que están impregnados el radicalismo total es inaceptable puesto que enmascara, de facto, un
control absoluto sobre el individuo. Como todos los movimientos fundamentalistas
existentes, en ocasiones las acciones de determinados grupos ecologistas han derivado hacia
hechos delictivos y criminales.
En definitiva, el ecologismo radical y totalitario profetiza el colapso de la tierra. Para su
argumentación utilizan datos de catástrofes ecológicas, la destrucción de la capa de ozono, el
cambio climático, el crecimiento demográfico, etcétera. Propugnan un desequilibrio en la
relación hombre-naturaleza y llegan a afirmar que el planeta se encuentra en esta situación
porque fue concebido como un objeto inerte o el escenario en donde se desarrolla la
actividad depredadora del hombre. Según ellos la tierra ha dejado de ser contemplada con el
respeto sagrado de tiempos pretéritos y el hombre, elevándose a sí mismo a la condición de
dueño y señor del mundo material, se imbuye del derecho a usar y abusar de la tierra.
Los ideólogos del ecologismo profundo pretenden armonizar al hombre con la naturaleza
redescubriendo el carácter sagrado del mundo y aprendiendo a respetar su armonía
originaria. A partir de esta concepción sacral del mundo, se propone un cambio de
paradigma que incluye aspectos culturales. Como podemos advertir, en esta perspectiva la
situación ambiental del mundo no es sólo un problema que sea preciso enfrentar sino la
clave para criticar y repensar la metafísica, la antropología, la moral y todas las ideas
fundamentales de Occidente.
Pero también hoy en día se divulga paralelamente un “ecologismo reformista” no totalitario
que se mantiene dentro del sistema, para obtener aquellos beneficios ecológicos que
considera necesarios: solicitar leyes para limitar o paliar los daños producidos por la actual
sociedad consumista y transformar algunos sectores industriales con el fin de que no
contaminen, junto a una crítica a la industria armamentística y de la economía neoliberal. (2)
2. La relación del hombre con la naturaleza
Si bien debemos criticar abiertamente la ideología que vertebra gran parte de la ecología
profunda, por su carácter totalitario y manipulador, no podemos ignorar que la crisis
ecológica es un hecho real, como lo demuestra la inmensidad de estudios científicos que se
han venido realizando en las últimas décadas. Por ello, cabe preguntarnos: ¿cómo ha podido
llegar el hombre a este desequilibrio fundamental en sus relaciones con el mundo material?
Podemos reconocer algunos hechos:
a) La libertad humana. El hombre es una criatura libre capaz de alterar su entorno.
Durante muchísimo tiempo la interferencia del hombre en los procesos materiales fue
más bien irrelevante No había una conciencia de destrucción ambiental porque la
dimensión física del mundo era una incógnita; sin embargo, el hecho es que poco a
poco la civilización humana fue acotando los primigenios horizontes inabarcables de
la biosfera terrestre hasta llegar a la situación actual. Pero el hombre fue creado en
compañía de otras muchas criaturas y procesos biológicos. Así pues, el hombre no se
halla aislado del mundo sino que forma parte de éste, hallando beneficios para su
desarrollo y debiendo procurar un equilibrio para el mantenimiento del planeta. Aquí
se hace patente mas que en ningún otro sitio que la libertad es, en gran medida,
responsabilidad. Fruto de esta libertad el hombre explota a su antojo los recursos
terrestres y el desarrollo científico y tecnológico avanzan con frecuencia ajenos al
control sensato.
b) La herencia monoteísta. Para algunos teólogos, la problemática ecológica que
afronta el mundo tiene su raíz en la herencia judeocristiana, que separó radical y
artificialmente al mundo de su Creador, desacralizándolo y dejándolo así a merced de
la destructiva iniciativa humana. Los versículos del libro del Génesis: “Sed fecundos y
multiplicaos y henchid la tierra y sometedla” (Gn 1,28), constituyen el fundamento de
la crisis que estamos viviendo. La última raíz de la agresión humana a la naturaleza
sería justamente la “arrogancia cristiana”, que habría permitido el actual maltrato del
planeta y el desarrollo de técnicas irrespetuosas del mundo natural. Según tal
perspectiva sería necesario acabar con este antropocentrismo de carácter bíblico y
teológico para dar paso a una nueva época de armonía entre el hombre y la naturaleza.
La trascendencia del Dios monoteísta, patriarcal y masculino, debería ser sustituidos
por la inmanencia de la Gran Madre, la figura femenina de la divinidad.
c) La ciencia positiva. Según otros teóricos, como por ejemplo Fritjof Capra (3), “la
presunta realeza atribuida al hombre sobre la naturaleza hunde sus raíces en la ciencia
moderna y en la mentalidad que lleva implícita”. Desde esta perspectiva la crisis
ecológica se debe a que la Ciencia, desde Descartes y Newton, ha propuesto una
visión mecanicista del mundo, reduciendo la naturaleza a un conjunto de objetos
externos al hombre compuesto de partículas fundamentales. Esta división radical entre
el sujeto y el objeto, entre el hombre y la naturaleza, habría convertido al mundo físico
en simple escenario donde se desenvuelven la creatividad humana y la técnica, con su
capacidad de manipular y desequilibrar la armonía originaria. Esta técnica de
dominación tendría entre sus primeros ideólogos a Francis Bacon, quien en los albores
de la modernidad ataca la concepción de la ciencia como contemplación de la realidad
para afirmar rotundamente que la ciencia es poder (scientia potestas est), con la cual se
construye el reino del hombre en la tierra. Es justamente esta mentalidad la que ha
dado alas a la dominación humana sobre el medio y al consiguiente deterioro de la
naturaleza.
d) Capitalismo. Otros autores hallan la raíz del problema en la estructura misma del
capitalismo. Como John Locke había afirmado, la propiedad debe ser constantemente
mejorada para hacerla más valiosa para el dueño y la sociedad. Esto impulsa al (3)
constante esfuerzo humano por manipular la naturaleza con objeto de elevar su valor
económico.
Según los teóricos del ecologismo, esta herencia antropocéntrica que hemos descrito debería
ser derogada por un nuevo paradigma; es decir, por una nueva visión del mundo, un nuevo
conjunto de valores, creencias, hábitos y normas que formen el marco de referencia de la
sociedad. Se trata, por tanto, de proponer un cambio en nuestra forma de ver la naturaleza y
al hombre dentro de ella.
Para el ecologismo profundo la búsqueda del nuevo paradigma tiende a revalorizar todo lo
no occidental. La cultura, según esta perspectiva, necesitaría nuevas fuentes de inspiración
según las cuales reordenar nuestra relación con la naturaleza, especialmente con las culturas
indígenas y su mensaje de respeto a la tierra. Pero no faltan también orientaciones hacia las
religiones y la sabiduría orientales; el hinduismo, el taoísmo chino y el budismo, en los que
el ecologismo radical tiende muchas veces a reconocerse y confundirse.
Este nuevo paradigma anhelado no sólo se apoya en pueblos indígenas o en sabidurías
orientales. También busca confirmaciones en el mundo de la ciencia moderna, acercando
temáticas de la filosofía oriental a la física, como la famosa “Tesis Gaia” de J.Lovelock (4) .
3. Judeo-cristianismo y crisis ecológica.
Con frecuencia escuchamos y leemos comentarios condenando la herencia judeocristiana en
general, y al catolicismo en particular, por la doctrina de dominio absoluto sobre la tierra. En
el epígrafe anterior hemos visto que la crítica ecológica asume esta herencia como la raíz del
deterioro ecológico. Pero, ¿hasta qué punto es cierta esta influencia del texto bíblico? De
verdad judíos y cristianos han favorecido una explotación desmesurada del planeta?
En nuestra opinión pensamos que no. El mandato bíblico de someter a la tierra está siendo
muy cuestionado por algunos exégetas del Génesis, que ven una traducción incorrecta de Gn
1,28 que debería ser: “tomad posesión de la tierra”. Se pasa así de la explotación sin control
al “derecho de cada pueblo de instalarse en su propio territorio, y el dominio sobre los
animales tendría simplemente el sentido de domesticarlos al servicio del hombre” (5).
El teólogo cristiano alemán J. Moltmann, vincula la crisis ecológica más que a la religión
judeo-cristiana, en sí misma considerada, a “la imagen que el hombre moderno tiene de
Dios. Desde el renacimiento, en Europa Occidental Dios se entendía de manera cada vez
más dogmática como el ? Todopoderoso?. La omnipotencia se consideraba el atributo de su
divinidad por antonomasia. Dios es el Señor, el mundo es su propiedad, y Dios puede hacer
con él lo que quiera. Es el sujeto absoluto y el mundo, el sujeto pasivo de su dominio. En la
tradición occidental, Dios se fue acercando cada vez más a la esfera de lo trascendente y el
mundo se entendía como algo meramente inmanente y terrenal. Dios se concebía sin mundo
y por tanto el mundo se podía imaginar sin Dios. El mundo fue despojado de su misterio de
creación divina y pudo ?desencantarse? de manera científica, como describió tan
acertadamente este proceso Max Weber... como imagen y semejanza de Dios en la Tierra, el
hombre debía entenderse, de manera correspondiente, como soberano, a saber, como sujeto
de conocimiento y voluntad, contraponiéndose y sometiendo al mundo como su objeto
pasivo. Porque sólo mediante su dominio sobre esta tierra puede corresponder a Dios, el
Señor del mundo... no por bondad y la verdad, (4) no por la paciencia y el amor, sino por el
poder y dominio se asemejan el hombre a su Dios” (6).
Ruiz de la Peña (7) resume con acierto todas las críticas realizadas a la teología judeocristiana
en estas cuatro ideas:
- Una idea de Dios en la que prima el atributo de la omnipotencia, entendida como
dominio despótico sobre la creación y susceptible de ser transferida del plano
teológico al político.
- Una idea del hombre acuñada en torno a la categoría “imagen de Dios”, que
legitimará el antropocentrismo y el correlativo dominio (primero delegado, luego
apropiado) del ser humano sobre el resto de la creación.
- Una idea de la naturaleza a la que la fe creacionista desposee de toda aura numinosa
y somete a una drástica desacralización, seguida de una progresiva e imparable
devaluación.
- Una idea de la historia como trayectoria lineal, de la que se deduce una fe en el
progreso que se mueve originariamente en el marco de la “historia salutis”, para
secularizarse más tarde en la utopía cientifista.
Al lado de estas críticas ha habido una respuesta teológica a los ecologistas. En síntesis, aun
admitiendo que el judaísmo y el cristianismo han dado lugar al paradigma basado en la
dominación y explotación de la tierra, no cabe concluir que este hecho por sí solo fuese
decisivo para el estallido de la crisis ecológica, como hemos visto anteriormente. Sin
embargo, la secularización progresiva de nuestra sociedad ignora estos factores que afectan
al propio concepto de sociedad moderna. No obstante, la teología cristiana no abordó en su
momento una visión de la creación adecuada al papel del hombre en la naturaleza. Ruiz de la
Peña habla en este sentido de “elementos contaminantes de la teología cristiana” (8),
refiriéndose al cambio del pensamiento teológico sobre Dios producido a partir del
Renacimiento que destacó de forma unilateral el atributo de la omnipotencia, entendida
como poder ilimitado y discrecional, asumiendo que el hombre tiene una omnipotencia
absoluta a la hora de relacionarse con el resto de la creación, quedando el mundo
abandonado a su suerte y convertido en un objeto manipulable.
Sin embargo, este deterioro ecológico ha obligado a judíos y cristianos a reconsiderar esas
ideas, hasta el punto de haber surgido una teología ecológica y de la creación completamente
renovada.
Según Pérez Majico (9), los teólogos han llegado a las siguientes conclusiones:
- La visión bíblica no parece conducir a un antropocentrismo de corte prometeico,
como tampoco a un cosmocentrismo panvitalista, sino más bien a un teocentrismo,
capaz de fundamentar un verdadero humanismo respetuoso de toda la creación.
- El Dios bíblico no es el dios del deísmo: Dios esta presente en el mundo, aunque no
se reduce a él.
- La visión dualista que representa la oposición matera-espíritu procede más bien del
pensamiento helénico; la Biblia ofrece una visión más unitaria.
- El ser humano no recibió de Dios bíblico la misión de dominar y expoliar la tierra,
sino de cuidarla y de transformarla para mejorarla y nunca deteriorarla;
- La creación entera es un reflejo de la bondad y de la belleza de Dios; la Biblia entera
es una invitación apremiante a contemplarla de forma agradecida.
- La obra salvífica de Cristo incluye la recreación consumativa de toda creatura; la
salvación tiene, pues, una dimensión cósmica y obtendrá su culminación cuando Dios
sera todo en todas las cosas (cf, 1 Cor 15,28).
4. El Magisterio de la Iglesia Católica
Si es cierto que la Iglesia Católica no prestó demasiada atención a la crisis ecológica en sus
inicios y que desaprovechó el Concilio Vaticano II para hacer alguna referencia al problema,
no es menos cierto que en los últimos años ha avanzado considerablemente en sentar las
bases de un ecologismo cristiano despojado de
ideologías y filosofías más o menos exóticas.
El papa Juan Pablo II, en su mensaje “Paz con Dios Creador, paz con toda la Creación” (10),
manifiesta que “es necesario educar en la responsabilidad ecológica; responsabilidad con
nosotros mismos y con los demás... el hombre, cuando se aleja del designio de Dios creador,
provoca un desorden que repercute inevitablemente en el resto de la creación. Si el hombre
no está en paz con Dios la tierra misma tampoco está en paz”.
Por otra parte, el Catecismo de la Iglesia Católica recoge la doctrina cristiana sobre la tierra.
Así, en el artículo 338 podemos leer: “Nada existe que no deba su existencia a Dios creador.
El mundo comenzó cuando fue sacado de la nada por la palabra de Dios: todos los seres
existentes, toda la naturaleza, toda la historia humana están enraizados en este
acontecimiento primordial: es el origen gracia al cual el mundo es constituido, y el tiempo
ha comenzado”, para añadir en el artículo 339: “Toda criatura posee su bondad y su
perfección propias. Para cada una de las obras de los ?seis días? se dice: Y vio Dios que era
bueno... las distintas criaturas, queridas en su propio ser, reflejan, cada una a su manera, un
rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios. Por esto, el hombre debe respetar la
bondad propia de cada criatura para evitar un uso desordenado de las cosas, que deprecie al
Creador y acarree consecuencias nefastas para los hombres y para su ambiente” (11).
5. La perspectiva islámica
Hasta ahora nos hemos referido únicamente a la tradición judeo-cristiana, por tener ambas
como base la biblia hebrea en la articulación primitiva de sus dogmas. El Corán, libro
revelado al profeta Mohammed (s.a.w.), también refleja historias bíblicas, pero representa
una completa novedad en el tratamiento de la Unidad divina. En sus suras podemos
encontrarnos pasajes verdaderamente hermosos sobre la importancia de la naturaleza para el
hombre: “Ciertamente, en la creación de los cielos y de la tierra; en la alternancia de la
noche y del día; en las naves que surcan el mar con lo que es de provecho para el hombre; y
en el agua que Dios hace caer del cielo, dando vida con ella a la tierra después de muerta, y
haciendo que se multipliquen en ella toda clase de criaturas; en la variación de los vientos;
en las nubes sujetas a su curso entre el cielo y la tierra: hay mensajes claros para aquellos
que hacen uso de la razón” (sura 2. versículo164), o este otra pasaje
“Y Él es quien ha hecho que caiga agua del cielo; y por medio de ella hemos hecho brotar
toda clase de vegetación, y de esta hemos hecho brotar tallos verdes de los que sacamos
granos en espigas apretadas; y de la espata de la palmera, dátiles arracimados; y viñedos, y
el olivo y el granado: ¡tan parecidos y sin embargo tan distintos! ¡Observad sus frutos
cuando fructifica y madura! ¡Ciertamente, en todo esto hay en verdad mensajes para una
gente dispuesta a creer! (sura 6, versículo 99)... la sunna del Profeta (s.a.w.) también abunda
en recomendaciones de cuidado de la naturaleza. Por todo ello, es el Islam una religión que
siempre ha mostrado un gran respeto por el medio ambiente; sin embargo, a la vista del
deterioro ecológico que también se produce en los países de tradición islámica, podemos
decir que la situación no es muy diferente a la del mundo occidental.
También es cierto que, al igual que ha pasado en las teologías judía y cristiana, numerosos
teólogos e intelectuales musulmanes han actualizado el mensaje coránico del respeto a la
naturaleza, criticando abiertamente los abusos cometidos por países de tradición islámica,
hasta el punto de que en 2002 tuvo lugar una “Convención Islámica sobre Desarrollo
Sostenible”, dentro de la “Cumbre Mundial sobre Programa Paralelo de Desarrollo
Sostenible”. En este sentido, los criterios teológicos de las tres tradiciones monoteístas son
prácticamente los mismos.
“¿Son los musulmanes parte del problema o parte de la solución?” se pregunta Fazlun M.
Khalid (12) “Es triste pero muchas cosas apuntan a lo primero. Según lo que ahora
comprendemos como modernidad avanzada, a medida que una ética secular se filtraba en la
psique musulmana y el desarrollo industrial, los indicadores económicos y el consumismo
devinieron en parámetros de gobierno de la sociedad, ha habido una correspondiente erosión
de la percepción islámica y un marchitamiento de su comprensión del nexo sagrado entre la
humanidad y el resto de la naturaleza... podría decirse que estamos devorando la entraña que
nos nutre y nos proporciona socorro... Ante tal situación, la comunidad islámica
internacional, encabezada por gobiernos y partidos políticos, debe asumir con rigor los
planteamientos del Islam sobre el medio ambiente, tal como reflejó Amir Kassar13 en la 8ª
edición del “Congreso Nacional del Medio Ambiente”, celebrada en Madrid en 2006.
6. Ecologismo y Nueva Era
Uno de los aspectos atractivos del ecologismo es el halo de sincretismo religioso que emana
y que se acopla perfectamente al movimiento denominado “Nueva Era” (New Age), un tipo
de espiritualidad difusa y confusa que toma su nombre de la era astrológica de Acuario.
La Nueva Era es considerada como uno de los muchos intentos de dar sentido a este
momento histórico con que la cultura se ve bombardeada, motivo por el que resulta atractiva
y se ha expandido de forma preocupante. Debemos tener en cuenta que la estética de la
Nueva Era envuelve ya gran parte de las manifestaciones de la cultura occidental. En 1989,
contaba con más de cuarenta mil centros de difusión (entre asociaciones, grupos espirituales,
librerías, editoriales) en el mundo. Actualmente este número se ha multiplicado de forma
considerable. El auge de este movimiento tiene su explicación en la “falta de sentido”
aparente de nuestro tiempo. Muchas personas perciben que sus vidas carecen de un marco
referencial que otorgue un significado a la existencia humana en el mundo. Esta especie de
vacío existencial es más patente por el proceso de secularización, entendido como la
renuncia a las realidades sobrenaturales en la vida social y por el declive de las ideologías,
que hasta hace unos años sentaban la oferta de una esperanza secularizada, pretendiendo
brindar una respuesta a los más profundos interrogantes del espíritu humano.
Los adeptos a este movimiento intentan hallar una respuesta integradora (holística) a la
óptica fragmentaria del racionalismo, que planteó una visión del mundo basada
exclusivamente en la sola razón, a la que, por paradójico que resulte, se le otorgaba un
significado místico.
En definitiva, se trata de una reacción antirracionalista que no constituye en sí una ideología,
ni tampoco una iglesia o una religión, sino la dispersión de un conjunto de ideas religiosas y
filosóficas de más o menos calado.
El ecologismo radical sustenta su pensamiento religioso en considerar a la tierra como la
madre de todos los seres que moran en ella. Un madre viva capaz de darnos el sustento y el
acomodo necesarios. Este principio representa la clave del pensaminto nueva era -
ecologismo. El atentado contra la tierra es una afrenta que debe ser corregidoo, en el caso
extremo, castigado mediante la aniquilación del causante de dicho atentado.
La Nueva Era alimenta también el cambio de paradigma de la ecología profunda, sobre la
base de que el tiempo está maduro para un cambio fundamental de los individuos, la
sociedad y el mundo. Para esta corriente internacional, el mundo es increado, eterno y
autosuficiente, de aquí que se suprima la creación y al Creador, y se combata a las grandes
religiones. Sus postulados recogen los planteamientos ecologistas con sumo agrado, para
armarse en una suerte de espiritualidad-ficción hecha a la medida del hombre
contemporáneo.
CONCLUSIONES
Hemos revisado los factores que han conducido a la crisis ecológica, repasando la
responsabilidad del antropocentrismo, la tradición judeo-cristiana-islámica, la ciencia y el
capitalismo, así como las respuestas que ofrecen estas tradiciones y la ecología profunda.
Subyace en este problema, por tanto, y desde la perspectiva que nos ocupa para los
creyentes, un comportamiento personal y social acorde con los textos sagrados que hemos
heredado, pues representan en sí mismos eficaces respuestas a la crisis ecológica. No
podemos olvidar que hay varias expresiones de la necesidad de cambio:
- De la física mecanicista de Newton a la física cuántica y, por ende, a la física de
sistemas complejos y caóticos.
- De la razón como objeto de exaltación durante la Modernidad, a realizar una
valoración novedosa de las emociones y la experiencia, a la luz de las neurociencias.
- Del dominio machista, reflejado fielmente en los textos de las religiones
monoteístas, a dar protagonismo al aspecto femenino de personas y mundo, haciendo
nuevas lecturas e interpretaciones desde esta perspectiva.
- De un mundo industrial antidemocrático, enfermizo y destructivo, a unas sociedades
democráticas y tecnológicamente al servicio del medio ambiente y de las personas. No
hablamos de nuevas doctrinas ni ideologías, sino de actitudes consecuentes basadas en
la veneración de la naturaleza y la confraternización con el universo, fiel reflejo de la
Única Relidad, que deben ser promocionadas por los creyentes, ya sean judíos,
cristianos y musulmanes. Estas tradiciones conservan bellos ejemplos entre sus
seguidores, de cómo armonizar la conservación de la naturaleza con el progreso de la
Humanidad. Quizá una figura emblemática sea Francisco de Asís. El historiador
norteamericano Lynn White Jr., llegó a escribir que “iba a buscar en la piedad cósmica
de san Francisco de Asís una alternativa al callejón sin salida que representa el
?impasse? ecológico actual” (14). De hecho, sugirió que fuera declarado “patrono de
los ecologistas”, cosa que así sucedió el 29 de noviembre de 1979. En efecto, podemos
constatar en el santo de Asís las virtudes propias de un ecologismo moderado y
objetivo, un espíritu en palabras del teólogo Leonardo Boff que confraterniza y se
llena de compasión y respeto ante cada representante de la comunidad cósmica y
planetaria.
Existe una leyenda en la que se revela perfectamente el amor ecológico del santo (15) y que
transcribimos aquí por el mensaje y la belleza que destila:
Un día Francisco le dijo al Señor entre lágrimas:
“Yo amo al sol y a las estrellas, amo a Clara y a sus hermanas, amo los corazones de
los hombres, y todas las cosas bellas. Señor, perdóname porque sólo debería amarte a
ti. El Señor, sonriente, respondió: Yo amo al sol y a las estrellas, amo a Clara y a sus
hermanas, amo los corazones de los hombres. Y todas las cosas bellas. Mi querido
Francisco, no tienes por qué llorar, pues todo eso lo amo yo también.”
Muchos otros santos, místicos y hombres de fe han escrito páginas hermosas sobre el respeto
a la naturaleza. De esta voluntad, en la que el hombre aparece como una parte
intercomunicada con el mundo, ha de construirse un ecologismo y un proyecto de acción
basado en los conocimientos científicos y en la ética y humanismo que destilan las
tradiciones religiosas. No podemos mirar para otro lado. Existen, desde luego, dificultades.
A priori parece imposible compatibilizar las demandas ecológicas con las necesidades
económicas e industriales, pero hemos de esforzarnos por alcanzar dicha sintonía. Hoy por
hoy, la teología de la creación nos ofrece una ayuda considerable para entender la situación
del hombre en el mundo, construyendo una moral ecológica que va más allá de modas
pasajeras, intereses e ideologías.
NOTAS
1 MEADOWS, H.D., MEADOWS, L.D. y RANDSERS, J., Los límites del crecimiento, Fondo de Cultura
Económica, México, 1972. De los mismos autores v. también Más allá de los límites del crecimiento, Ed.
El País-Aguilar, Madrid 1992.
2 “The Shallow and the Deep, Long-Range Ecology Movements: A Summary”. Inqury 16, Oslo, 1973, pp.
95-100.
3 CAPRA, FRITJOF, El punto crucial, Editorial Integral, Barcelona, 1985.
4 LOVELOCK, J, Gaia, Implicaciones de la nueva biología, Editorial Kairós, 3ª edición, Barcelona 1994.
5 GARCÍA RUBIO, ALFONSO, ¿Dominad la tierra? Aportaciones teológicas al problema ecológico.
Cristianisme I Justicia. Barcelona, 1993.
6 BRAN MOLINA y GRACIO DAS NEVES, R.M., Retos eco-teológicos, en AAVV, Ecología: una respuesta
alternativa, Ed. Lascasiana, Guatemala 1995.
7 RUIZ DE LA PEÑA, J.L. Crisis y apología de la fe. Evangelio y nuevo milenio. Editorial Sal Terrae.
Bilbao, 1995.
8 Crisis y apología... op. cit., pp, 252-256.
9 PÉREZ MAJICO, J.N., Ecología y Religión. Revista CONOZCA. Enero-Marzo, 1994.
10 Paz con Dios Creador, Paz con toda la Creación. Mensaje de Su Santidad Juan Pablo II para la
celebración de la Jornada Mundial de la Paz. Ciudad del Vaticano, 1990.
11 Catecismo de la Iglesia Católica. Asociación de Editores del Catecismo. 2ª Edición. Madrid 1992.
12 KHALID, FAZLUN M., Desarrollo sostenible y colapso ambiental. Una perspectiva islámica. En
internet: http://dinarydirham.com/Textos/Fadlun%20Khalid/Desarrollo%20%20Sostenible.htm
13 KASSAR, A., Islam y Ecología. Ponencia presentada en el Congreso Nacional del Medio Ambiente.
Cumbre de Desarrollo Sostenible. 2006. En internet: http://www.conama8.org/datoscd/
view_documentos_ponencias.php?id=3513&idnavegacion=272
14 WHITE LYNN, JR., Las raíces históricas de nuestra crisis ecológica. Revista SCIENCE, nº 155 (1967),
pp. 1203-1207
15 ROTZETTER, A., Clara de Assisi, primeira mulher franciscana, Revista VOZES, Petrópolis, 1994, p. 59.
Webislam

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