10 feb 2013
La política
es a veces un manantial de paradojas. Que se lo pregunten si no a la otrora
prepotente lideresa Esperanza Aguirre que, tras ejercer una tiranía
despótica y cínica ante sus rivales u opositores en Madrid (hasta el punto de
retirarles el agua en la Asamblea sólo para subrayar su talante chulesco), ha
acabado convertida en la Tomás Gómez del PP: muchas ideas renovadoras, mucha
bravuconada, mucha oferta para liderar el cambio, pero cero posibilidades de
entrar en la arena política sin el aval de su partido, el mismo que ataca y
pone en evidencia.
En un giro
algo cruel, los otrora feroces rivales por la Comunidad de Madrid han acabado
en el mismo callejón sin salida de sus respectivos partidos. Tomás Gómez se
enfrentó a Zapatero en el PSOE reclamando una y otra vez una renovación que
jamás llegó y Espe hizo lo propio con su envidiado presidente Rajoy al que, por
más tretas, encerronas y burlas que haya intentado no ha conseguido desplazar
del PP y la presidencia. Pobre Espe, ella, a diferencia de Tomás, ha tenido
tanto tiempo la miel en los labios que no sabe distinguir bien sus delirios
populistas de la realidad que la llevó a esos destacados puestos. Fue olvidarse
de que sin los Aznar (compis de carrera que la pusieron allí) ella no es nada
que, ahora que no se habla con sus valedores (incluso bromea sobre sus
enfrentamientos con Ana Botella, a quien quiere quitar el puesto), se ha creído
su papel (caricatura) de habilidosa política que consiguió sus posiciones por
su mente maquiavélica y no por estar casada, conocer, apoyar y tramar con quien
lo hace. Pero ella sigue desempeñando su papel de temible adversaria sin darse
cuenta de que ya sólo es una caricatura de si misma sin posibilidad alguna.
Al igual que
Gómez, Aguirre tiene mucha presencia en los medios con declaraciones polémicas,
contradictorias e incluso escandalosas. Pero ese reino mediático no se ve
traducido en carrera política alguna. De hecho, tanto en un caso como en el
otro, suelen ser utilizados por sus adversarios para atacar a su respectivo
partido y cuando se acaba el interés en el partido, desaparece el interés en el
personaje.
En el caso
de Aguirre debe ser especialmente amargo, ya que desde su bochornoso paso por
el Ministerio de Cultura que la convirtió en la Tamara/Ambar/Yurena de la
cultura (cuanto más esperpéntica, más destacada) siempre le han hecho creer que
esa abrasadora chulería, ese demoledor apisonamiento de los rivales, esa huida
hacia adelante en la que se convirtieron sus arrasadoras políticas de
chanchullos, amiguismos e ineptas gestiones destructoras de las arcas públicas,
eran un don precioso en la política. Le rieron las gracias hasta que, sin
explicarse cómo, se encontró aislada, acorralada y sin aliados en su partido.
Había sido un juguete al servicio del aparato que distraía odios hacia
políticos más discretos como Rajoy. Era útil.
Es lógico
que tanto ella, como gran parte del partido, ahora se aferren con desesperación
a la posibilidad de listas abiertas que puedan entronar a corruptos con
poderosos amigos del submundo franquista, cristofascista, empresarial, como
nuestra heroína apayasada cree, sin la aprobación de un partido que la ve
acabada.
La derecha
anhela esa política elitista sustentada por narcotraficantes, empresarios,
curas o mafiosos tanto como el quitar el sueldo a políticos que garantizaría
que los parlamentos sólo fuesen accesibles para los ricos o los corruptos (o
ambos en la mayoría de los casos).
Pero parece
que el devenir de Espe, como el de Tomás Gómez, no es posible sin el partido
que atacan o critica. Paradojas. Paradojas. Crueles paradojas.
Huelga decir
que lo que en el caso de Tomás Gómez es una necesaria intención renovadora de
un partido apoltronado en la contradicción, en el de Espe es un ejercicio de
cinismo que roza en el sainete: sus antecedentes de Fundescam, financiación
ilegal demostrada (aunque oportunamente prescrita), de espionaje y de corruptos
protegidos en la cárcel como Díaz Ferrán, no la hacen una candidata muy
creíble. Más bien una parodia de la renovación “que todo cambie para que todo
siga igual” que propone nuestra adicta a la chulapería.
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