Posted on 19 febrero, 2013 by alexroa
Hace poco
más de un año publiqué aquí un post que tuvo bastante éxito, titulado ¡A ver si los de UPyD os definís de
una vez!, inspirado por el empeño, casi una obsesión, de nuestros
rivales políticos y de muchos de nuestros posibles votantes en que nuestro
joven partido debería definirse con claridad como de izquierdas, de derechas o
de centro. Supongo que para saber si votarnos o no, si halagarnos o insultarnos
y, en este último caso, hacerlo con propiedad.
Durante el año transcurrido me ha parecido observar
que esa obsesión por nuestra ubicación en el eje derecha-izquierda ha amainado,
y que los votantes españoles, con bastante seguridad, nos asignan una posición
centrada dentro del espectro político, tal y como reflejan las encuestas
trimestrales del CIS. Aunque siempre queda alguien empeñado en etiquetarnos de
modos a cual más sorprendente. Por ejemplo, ese diputado del Partido Popular en el Parlamento Vasco al
que se le ocurrió tildarnos de falangistas por proponer la reforma
de la Ley Electoral vasca.
A mí, personalmente, me importa lo mismo ahora que
entonces el asunto de nuestra ubicación en el espectro político lineal: nada en
absoluto. Será porque no creo en los espectros, sean lineales o sean
retorcidos, como el de la recientemente estrenada película “Mamá”, muy
recomendable, por cierto.
Pero a lo que iba, que me disperso cual espectro
incorpóreo. Que es que he observado (me fijo mucho yo, como el búho del chiste)
que ahora la obsesión de nuestros rivales políticos y la de muchos de nuestros
conciudadanos ya no es si somos o no de izquierdas, sino si somos o no
corruptos. Sobre la (im)posibilidad y la (ir)realidad de la corrupción en UPyD
ha escrito un artículo estupendo mi estupendo amigo y colega
Fernando Tellado, así que no me extiendo con detalles. Tan sólo quiero hacer
notar que existe, no ya una impresión, sino un deseo palpable por parte del
resto de partidos políticos, y aún de muchos ciudadanos no relacionados con la
política, de que UPyD sea un partido “como todos”, es decir, corrupto. Y digo
bien, un deseo, pues hasta ahora no es una realidad por más bulos que corran
por ahí.
Entiendo ese deseo por parte de todos los partidos
políticos que gobiernan o han gobernado hasta la fecha, pues si se demuestra
que al conseguir cuotas de poder UPyD (o cualquier otro partido de nuevo cuño)
se corrompe también, eso les eximiría de parte de su responsabilidad por haberse
corrompido, como si fuera algo inexorable.
Pero, ¿y ese empeño de tantos ciudadanos en que cuando
consigamos algo de poder nos vamos a corromper como todos los demás? Eso me
preocupa mucho más. Porque, por un lado, refleja un desprecio total hacia la clase
política española, bien merecido, por otra parte, además de una dejación de
responsabilidad, pues si se consigue que parezca que toda la culpa de nuestros
fracasos es de los políticos podemos seguir manteniendo la ficción de la
inocencia y la bondad innatas del pueblo, sea lo que sea eso. Pero, por otro,
implica un fatalismo, una sensación de que no podemos evolucionar como
sociedad, siempre instalados en la picaresca y el trapicheo, formas suaves de
la corrupción al alcance de cualquiera, político o no. Y desear, aunque no sea
de modo consciente, que eso siga siendo así, asumirlo y resignarse, me parece
verdaderamente triste.
No nos resignemos, que la corrupción no es inevitable,
ni los políticos son (somos) unos corruptos por naturaleza.
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