Arcadi Espada
El año catalán de 1714, Año del Burro en
chinesco, se contará aquí en detalle, día a día, hasta su nueva e
inexorable derrota del 11 de septiembre próximo. El diario seguirá el
ejemplo de aquel admirado Defoe que pudiendo marchar de Londres en el
año de la peste decidió quedarse en atención "a las particulares
circunstancias de mi vida y la atención que debía prestar a la seguridad
de mi negocio.»
1714: Diario del año de la peste
La reverenda autoridad de las leyes había caído
«Y había quien pensaba que vivir con moderación y guardarse de todo
exceso procuraba mucha resistencia al mal; y formando su pandilla,
vivían separados de los otros, recogiéndose en casas donde no hubiere
ningún enfermo, para vivir más, nutriéndose prudentemente de manjares
delicados y de los mejores vinos y huyendo de toda lujuria, sin escuchar
a nadie ni querer saber nada del mundo exterior sobre muertos y
enfermos, se entretenían con canciones y con los placeres a los que
podían tener acceso. Otros, de opinión contraria, afirmaban que el
remedio más seguro para tanto mal era beber a placer y disfrutar,
cantando y distrayéndose, satisfacerse de cualquier cosa al máximo, y
reírse y burlarse de lo que pasaba; y según decían, así lo hacían según
sus posibilidades, día y noche, yendo ahora a esta taberna y luego en
aquella otra, bebiendo sin sensatez ni medida, y aún más si se
encontraban en casa de los otros, sólo por sentir cosas que les
apetecieran o de las que obtuvieran placer. Y fácilmente lo podían
hacer, porque todos estos, como si ya no hubieren de vivir, tenían sus
casas abandonadas, como a ellos mismos; así muchas casas se habían
convertido en comunas donde los forasteros permanecían, tal y como
hubiera hecho su propietario; y no obstante este comportamiento
estúpido, siempre que podían se apartaban de los enfermos. Y en medio de
tanta aflicción y miseria de nuestra ciudad, la reverenda autoridad de
las leyes, tanto divinas como humanas, casi había caído y se había
disuelto por sus ministros y ejecutores, los cuales, como otros hombres,
estaban todos muertos o enfermos o bien habían quedado tan privados de
servidores que no podían ya servir; por lo cual a todos era lícito de
obrar según su agrado.»
Boccaccio, El Decamerón
Boccaccio, El Decamerón
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