miércoles, 25 de diciembre de 2013

1714: Diario del año de la peste

Arcadi Espada

El año catalán de 1714, Año del Burro en chinesco, se contará aquí en detalle, día a día, hasta su nueva e inexorable derrota del 11 de septiembre próximo. El diario seguirá el ejemplo de aquel admirado Defoe que pudiendo marchar de Londres en el año de la peste decidió quedarse en atención "a las particulares circunstancias de mi vida y la atención que debía prestar a la seguridad de mi negocio.»

1714: Diario del año de la peste

La reverenda autoridad de las leyes había caído

«Y había quien pensaba que vivir con moderación y guardarse de todo exceso procuraba mucha resistencia al mal; y formando su pandilla, vivían separados de los otros, recogiéndose en casas donde no hubiere ningún enfermo, para vivir más, nutriéndose prudentemente de manjares delicados y de los mejores vinos y huyendo de toda lujuria, sin escuchar a nadie ni querer saber nada del mundo exterior sobre muertos y enfermos,  se entretenían con canciones y con los placeres a los que podían tener acceso. Otros, de opinión contraria, afirmaban que el remedio más seguro para tanto mal era beber a placer y disfrutar, cantando y distrayéndose, satisfacerse de cualquier cosa al máximo, y reírse y burlarse de lo que pasaba; y según decían, así lo hacían según sus posibilidades, día y noche, yendo ahora a esta taberna y luego en aquella otra, bebiendo sin sensatez ni medida, y aún más si se encontraban en casa de los otros, sólo por sentir cosas que les apetecieran o de las que obtuvieran placer. Y fácilmente lo podían hacer, porque todos estos, como si ya no hubieren de vivir, tenían sus casas abandonadas, como a ellos mismos; así muchas casas se habían convertido en comunas donde los forasteros permanecían, tal y como hubiera hecho su propietario; y no obstante este comportamiento estúpido, siempre que podían se apartaban de los enfermos. Y en medio de tanta aflicción y miseria de nuestra ciudad, la reverenda autoridad de las leyes, tanto divinas como humanas, casi había caído y se había disuelto por sus ministros y ejecutores, los cuales, como otros hombres, estaban todos muertos o enfermos o bien habían quedado tan privados de servidores que no podían ya servir; por lo cual a todos era lícito de obrar según su agrado.»
Boccaccio, El Decamerón

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