DEMOCRACIA VERDE VERSUS DEMOCRACIA
LIBERAL: ¿HACIA UN NUEVO MODELO
DEMOCRÁTICO?
AUTOR: MANUEL ARIAS MALDONADO*
SUMARIO
1. INTRODUCCIÓN.—2. LA POLÍTICA VERDE.—3. EL PRINCIPIO DE SUSTENTABILIDAD.—
4. PARA DEFINIR LA DEMOCRACIA VERDE.—5. POLÍTICA VERDE Y DEMOCRACIA
LIBERAL: LA BÚSQUEDA DEL PERFIL INSTITUCIONAL.—6. L A DEMOCRACIA VERDE COMO
DEMOCRACIA PARTICIPATIVA.—7. U N MODELO NORMATIVO DE DEMOCRACIA VERDE.—8. E L
PAPEL REMANENTE DE LA DEMOCRACIA LIBERAL.—9. CONCLUSIÓN: SUSTENTABILIDAD
NORMATIVA, POLÍTICA DELIBERATIVA Y DEMOCRACIA VERDE.—BIBLIOGRAFÍA.
1. INTRODUCCIÓN
La naturaleza es un tema tan viejo como el pensamiento. Sin embargo, nunca había
parecido tan nuevo como ahora. Objeto hasta el presente de la reflexión filosófica y la
investigación científica, ha trascendido estas fronteras para convertirse en parte importante
del pensamiento y la acción políticas. De hecho, sólo en la actualidad goza la naturaleza
de la condición de cuestión pública y políticamente relevante. Conviene precisar
que, más que a la naturaleza, el imaginario político finisecular ha dado cabida al producto
de las interacciones entre la sociedad y lo natural: el medio ambiente humano. Es decir,
la naturaleza social y políticamente considerada. Más aún: lo que forma ya parte del catálogo de problemas que el siglo venidero está llamado a heredar es la crisis de esa
naturaleza en cuanto medio ambiente. Para su principal portavoz, el movimiento ecologista,
esta crisis amenaza el futuro de nuestras sociedades y requiere la adopción de medidas
económicas, sociales, políticas y culturales que permitan avanzar en la dirección
de una sociedad ecológicamente sustentable. Ocurre, sin embargo, que la crisis no atañe
solamente a la naturaleza. Como escribiera Susan Sontag, lo peor de la enfermedad son
sus metáforas, y en este caso la crisis medioambiental no es concebida únicamente
como crisis de los sistemas naturales. Es algo más.
La crisis ecológica es también crisis de civilización. Es a la vez reflejo y producto
de algo más amplio. El ecologismo aparece así penetrado de un fuerte sentido de
crisis. Se habla de una «sensación de crisis» (Atkinson, 1991), de «crisis de cultura
y carácter» (Eckersley, 1992: 17), e incluso de una «crisis de percepción» (Capra,
1998: 26) que vendría lastrando nuestra capacidad de comprensión del mundo. La
crisis, pues, constituye para los verdes el síntoma de una fractura civilizatoria, y exige
por ello reinventar las bases de nuestra sociedad. El carácter totalizador, integral,
del ecologismo político, tiene aquí, a mi modo de ver, su origen. La teoría política
del ecologismo no tiene que ver sólo con el medio ambiente: también con la forma
en que vivimos, con nuestros patrones culturales, nuestra ciencia, nuestra tecnología.
Y también, por supuesto, con la democracia.
Efectivamente, la crisis ecológica y el movimiento verde han introducido en el
debate en torno a nuestras democracias liberales una dimensión nueva: la relación
de la democracia con aquella crisis y, por extensión, con la política verde y el principio
de sustentabilidad. Genera la traducción política de la crisis ecológica, concretamente,
un interrogante nuclear: ¿hasta qué punto responden nuestras democracias liberales
a los imperativos de una crisis ecológica que afecta potencialmente a la supervivencia
de ciudadanos, generaciones futuras y mundo natural (2)? ¿Cuáles son
las alternativas que a este modelo presenta la teoría política verde y cuáles son sus
características? ¿En qué medida se alejan éstas del modelo democrático liberal y en
qué medida aprovechan la tradición en que éste se sustenta? ¿Cuál es el modelo democrático
por el que los verdes apuestan, y por qué razones? Teoría de la democracia,
teoría política ecologista y teoría liberal participan, así, del debate (3).Un debate todavía incipiente, pero destinado a ganar peso en el seno de la teoría
política verde y aun a traspasar sus fronteras: la búsqueda de un modelo democrático
capaz de responder a las exigencias planteadas por la crisis ecológica global, esto es,
la búsqueda de una democracia verde (green democracy), es también, como veremos,
la búsqueda de un modelo avanzado de democracia. De esa búsqueda se ocupa
este trabajo, con el que trataré de proporcionar un examen de la problemática asociada
a la conformación de un modelo verde de democracia que combine dos cosas:
la crítica de sus fundamentos —relación de la sustentabilidad con la democracia— y
un análisis normativo atento a las relaciones de ese modelo con el programa político
verde y con el modelo democrático liberal que vaya más allá de la mera revisión
para proponer una alternativa teórica en la materia.
2. LA POLÍTICA VERDE
La adecuada comprensión del ecologismo político ha de anteceder todo intento
de responder a las preguntas antes formuladas. No sólo por razones de coherencia
expositiva; también porque sólo precisando el contenido de la política verde estaremos
en disposición de indagar en la naturaleza de un modelo democrático que trae
causa de la misma. En este sentido, y aunque el ecologismo es un nuevo movimiento
social y asimismo constituye una ideología (4), mi enfoque privilegia la articulación
teórica de su pensamiento: la teoría política verde. Una teoría política cuyas
dos características principales, a saber, su complejidad y su diversidad, antes contribuyen
a dificultar que a facilitar su estudio.
Interesa aquí, sobre todo, el segundo de esos rasgos (5). Puede decirse que todo
intento de establecer una taxonomía del rico interior del ecologismo político tropieza con la dificultad de poner orden entre una gran cantidad de tendencias y corrientes
de pensamiento, en constante evolución y debate, difícilmente reductibles a términos
clasificatorios mínimamente útiles. El tópico de la diversidad encuentra
su confirmación al margen de la repetición. No hay un ecologismo: hay muchos.
Las corrientes son múltiples, y numerosos los matices que las diferencian. No obstante,
tan dudosa es esta negación como la de su contrario: la posibilidad misma de
establecer distinciones e identificar corrientes de diferente signo. Más aún: es posible,
y metodológicamente conveniente, buscar un criterio mínimo de identificación
de lo que por ecologismo debamos entender. Probablemente, una de las razones que
explican esta dificultad para la clasificación sea (amén de la cuota de arbitrariedad y
limitación que toda clasificación supone) la variedad de lecturas que el ecologismo
hace posibles, con una fuerza simbólica directamente proporcionada por su fuente
principal de inspiración: las relaciones del hombre con la naturaleza. Llegados a este
punto caben, con carácter general, dos opciones.
La primera, trabajar con un concepto más o menos amplio de ecologismo, que
tenga presente las diversas corrientes y sus diferencias, sin tratar de reducir éstas y
distinguiendo, por el contrario, sus distintos enfoques. El problema, entonces, sobreviene
si se llevan a cabo juicios de valor acerca de «el ecologismo», porque inevitablemente
se corre el peligro de unificar corrientes y posiciones diferentes y aun antagónicas
sin haber definido previamente los términos de la categorización. Sólo una
muy general y reducida exposición de rasgos comunes podría entonces hacer justicia a
la diversidad verde. Una segunda opción consiste en apostar por una determinada lectura
del ecologismo para elaborar un «tipo ideal» (Dobson, 1997: 25) de la ideología
ecologista (8). La lectura de Dobson es la del ecologismo como teoría política radical,
y parte de la convicción de que «la política verde se enfrenta conscientemente con los
paradigmas dominantes» (Dobson, 1997: 28). Creo que ésta es una percepción adecuada
del ecologismo y del problema, y que precisamente en la magnitud de esa tarea
puede localizarse la fuente de la diversidad verde, bien sea en la intensidad del rechazo
a esos paradigmas, bien en la concreta forma en que se expresa.
Ahora bien, si se elabora un tipo ideal del ecologismo se ha de ser consciente del
tipo de operación que se realiza, que supone hacer primar la propia visión de lo que
el ecologismo es sobre las diversas manifestaciones del mismo, reduciendo en ocasiones
lo que difícilmente puede reducirse sin simplificación. Inevitablemente, la descripción, entreverada con la voluntad unificadora del investigador, incorpora un componente valorativo. Hablar de lo que el ecologismo es supone así hablar de lo
que el ecologismo significa. Toda generalización, y en algún sentido toda teorización,
implica reducción. No obstante, es un tipo de operación que puede resultar
epistemológicamente imprescindible, porque el estudio y la reflexión acerca de la
política verde puede en caso contrario verse perjudicada por las confusiones de la
percepción, por el hecho de no saber exactamente de qué se está tratando. Por ello, y
aun cuando una más completa exposición del modo en que concibo el ecologismo
político no pueda tener lugar aquí (9), propongo lo que podría considerarse un criterio
caracterizador del ecologismo por encima de los ecologismos, un denominador
común que permita identificar el ecologismo político en cuanto tal. Dos rasgos medulares
del mismo sirven a este fin.
En primer lugar, puede afirmarse que, sea cual sea la corriente del ecologismo
político de que se trate, un rasgo fundamental de la misma será la de convertir la naturaleza
en una realidad políticamente relevante. Lo que se ha venido a denominar
medioambientalismo, en cambio, reduciría la naturaleza a la condición de elemento
administrativamente relevante, pero no la situaría en el centro del debate o la acción
políticas. Igualmente, en otro nivel y de acuerdo con sus premisas normativas o filosóficas,
el ecologismo aspira a convertir la naturaleza en moralmente significativa
—condición que operaría, idealmente, como prerrequisito de lo anterior—.
Cuál haya de ser la significación de lo natural en lo humano depende ya de la posición
que adoptemos en el continuo antropocentrismo-ecocentrismo —es decir, según
se defienda la relevancia de la naturaleza en beneficio del hombre o de la propia
natraleza—, lo que a su vez determinará el carácter de las concretas medidas políticas
defendidas. Así, para algunas corrientes ecologistas esa relevancia moral puede
ser muy reducida (o incluso ser grande pero con una débil traducción política),
mientras que otras, caso del ecocentrismo o la ecología profunda, partirán de la relación
del hombre con la naturaleza a la hora de situar a aquél en el mundo: esto es,conformarán una política a partir de una moral. Esa defensa de la relevancia política de lo natural se expresa en la búsqueda de la sustentabilidad, verdadero concepto- explicación de la teoría política verde, y que puede definirse de un modo general como la ordenación de esas relaciones entre lo natural y lo humano. La variabilidad de formas que ese objetivo general puede adoptar permiten caracterizarlo como aspiración de todo pensamiento político que reconozca la gravedad de la crisis ecológica y la necesidad de otorgar peso político a lo natural. Incluso el reformismo más tibio podría aspirar a una sustentabilidad compatible con el modelo vigente de sociedad, que se concretaría en el aseguramiento de los niveles ecológicos mínimos.
Ahora bien, mal entenderíamos al ecologismo si no atendiésemos a los rasgos
característicos de su política, que no sólo tiene que ver con la consecución de la sustentabilidad, sino también con el perfeccionamiento y desarrollo del ideal democrático.
El intento por forjar un nuevo modelo de democracia es así el mínimo político
del ecologismo tal y como aquí lo consideramos. Para el ecologismo, pues, no son
sólo razones verdes las que aconsejan dotar a nuestro sistema político de un mayor
contenido democrático. Como apunta Robert Goodin, «el movimiento verde tiene
mucho que decir acerca de la democracia» (Goodin, 1996: 835), y más concretamente
sobre la necesidad de extender las instituciones y posibilidades de la misma
otorgándole un perfil más participativo. Más adelante volveré sobre ello (11).
En suma, el ecologismo trata de ampliar los límites de las comunidades moral y
política para dar cabida en ella a la naturaleza en la dirección de un modelo político-
social ecológicamente sustentable y democráticamente extendido. Puede así afirmarse
que los dos principios vectores de la política verde son el principio de sustentabilidad
y, adoptando una expresión de Giddens (1996), la democratización de la
democracia. La cabal comprensión de esta doble dimensión de la política verde no
sólo permite facilitar el análisis de las relaciones que la democracia mantiene con la
sustentabilidad, sino que igualmente arroja luz sobre este último concepto, clave de
bóveda del discurso ecologista y componente imprescindible de cualquier intento de
conformar un modelo democrático verde.
*Don Manuel Arias Maldonado es profesor de ciencia política de la Universidad de Málaga y autor de 'Sueño y mentira del ecologismo' (Siglo XXI, 2008).
FIN DE LA PRIMERA PARTE
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