Inquina pontificia.
DOMINGO, 2 DE FEBRERO DE 2014MANUEL LEÓN
Parece bueno y beatifico. Da la impresión de ser distinto a los dos anteriores. Más moderno, más actual, más con los tiempos que corren. Dicharachero, cercano, calido. Muy bien recibido por los sectores progresistas. Incluso da cosa escribir en términos contrarios, que parecen hasta inadecuados y pueden resultar impertinentes ahora que, incluso, es portada de una buena cantidad de revistas de corte avanzado.
Pero (siempre hay un pero, a alguien le toca ponerlo y en esta ocasión nos ha tocado a nosotros) ha habido un detalle tan significativo que parece haber sacado de dentro de sí toda esa inquina que les inyectan en vena desde el seminario contra todo lo que ellos entienden que es el orden natural establecido.En efecto, hace pocos días el reciente jefe de la iglesia católica, el argentino Bergoglio, recibió en los palacios vaticanos al Presidente de la Republica Francesa, Francois Hollande, y la frialdad, dureza y mal gesto (gesto torcido y torvo) que mostró el gran prelado ante el dirigente galo fue algo extraordinariamente relevante, sobre todo cuando una de las características de la llamada diplomacia vaticana es saber actuar con la habilidad suficiente como para usar un severo puño de hierro enfundado en un elegante guantelete de finísima seda en cada una de las ocasiones. Lo que quiere decir es que si ha mostrado una dureza, inusual en él, es porque ha querido que todos los que lo vieran comprobaran que quería oponer al mandatario francés una postura acre y una actitud intransigente. Para recuerdo de algunos, sería algo similar a la admonición que hizo el papa polaco al sacerdote y teólogo nicaragüense Ernesto Cardenal cuando en 1983, durante su visita oficial a Nicaragua, increpó severamente a Cardenal frente a las cámaras de televisión que transmitían a todo el mundo, mientras el poeta permanecía arrodillado ante él en la misma pista del aeropuerto.
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