| 27/04/2023 Sergio Murillo |
Durante la Guerra Fría el mundo quedó colgado de una línea telefónica protagonizada por uno de los símbolos pop más famosos de todos los tiempos: un teléfono rojo. La imagen representa la importancia de la comunicación en el tablero de la geopolítica, factor que condiciona las relaciones entre todos los países. Como en el patio de un colegio, hay personas con las que “no se puede hablar jamás”, otras con las que “tú veras lo que pasa” y están “tus colegas”.
Tras la conversación entre el líder chino, Xi Jinping, y su homólogo ucraniano, Volodímir Zelenski, el mundo ha vuelto la cabeza para mirar de reojo a Rusia. Su reacción es el siguiente paso en un patio geopolítico donde cada vez hay menos cabinas telefónicas. Suena el timbre y el Kremlin no ha tardado en romper el silencio.
Rusia, con una mano delante y otra detrás
A través de una rueda de prensa, el portavoz de la Presidencia rusa, Dmitri Peskov, se ha encargado de estrechar con una mano los intereses de la reunión y ocultar la otra por detrás: “Saludamos todo lo que pueda acercar el fin del conflicto y que Rusia consiga todos sus objetivos”. Una afirmación que se antoja contradictoria si se admite el plan de paz ucraniano, que, efectivamente, propone el cese de la guerra, pero que en ningún caso permite a Moscú cumplir con sus intereses territoriales.
Bajo la misma estrategia comunicativa, una de cal y otra de arena, ha admitido que la conversación de Xi y Zelenski es un “asunto soberano de esos dos países”, pero que, por el momento, “el presidente ruso, Vladímir Putin, no planea nuevos contactos con su homólogo chino”. Y siembra la confusión en la administración pekinesa.
En realidad, se trata de un dardo que no causa grieta en la sólida amistad -reforzada tras las reuniones del pasado mes- entre China y Rusia. Tampoco a Moscú le interesaría romper sus relaciones con el gobierno de Xi Jinping, decisión que podría significar un disparo en su propio pie en términos geopolíticos. Seguir leyendo>>
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