Es la denominación oficial de una secta religiosa Anglo-Americana,
originalmente denominándose ellos mismos “Hijos de la Verdad” e “Hijos
de la Luz”, pero “llamados en forma despectiva por el resto de mundo,
Cuáqueros”
El fundador de la secta, George Fox, hijo de un acomodado tejedor, nació
en Fenny Drayton en Leicestershire, Inglaterra, en Julio de 1624. Sus
padres, gente honrada y estrictos seguidores de la religión establecida,
le destinaron a la Iglesia; pero desde que el chico, muy pronto, sintió
una fuerte aversión al “ministerio mercenario”, fue, tras recibir una
educación básica, aprendiz de zapatero. Llegó a la madurez con una
juventud pura y honesta, alejada de los vicios de su edad, y “dotado”,
dice Sewel, “con una gravedad y serenidad de mente, rara vez vista en un
niño”. Con diecinueve años, mientras estaba en una feria con dos
amigos, que eran catedráticos de religión, quedó tan impresionado por
una propuesta que le hicieron para unirse a ellos para beber alcohol,
que abandonó su compañía. Al volver a casa, pasó una noche en vela,
durante la cual creyó oír una voz del cielo gritándole: “Has visto cómo
los jóvenes caen en la vanidad, y los viejos en la tierra; debes
abandonarlos a todos, jóvenes y viejos, alejarte de ellos y ser un
extraño para todos”. Interpretando literalmente la orden, Fox abandonó
la casa paterna, sin dinero y con la Biblia en la mano, recorrió el país
en busca de iluminación. Su angustia mental, a veces rayaba en la
desesperación. Encontró consejo en afamados catedráticos; pero sus
consejos de que debía tener una esposa, o cantar salmos, o fumar, no
iban a resolver los problemas que confundían su alma. Sin encontrar
alimento ni consuelo en las enseñanzas de la Iglesia de Inglaterra o en
las innumerables sectas disidentes que inundaban la tierra, fue devuelto
hacia sí mismo y forzado a aceptar sus propias imaginaciones como
“revelaciones”. “Ayuné mucho”, nos dice en su diario, “viajé a lugares
solitarios durante varios días, y a menudo cogía mi Biblia y me sentaba
en árboles huecos y lugares solitarios hasta la llegada de la noche; y
frecuentemente caminaba en la noche afligido conmigo mismo. Ya que era
un hombre dolorido en la primera acción del Señor en mi.” Esta angustia
espiritual continuó, con interrupciones, durante algunos años, y no
resulta sorprendente que el joven solitario en la Biblia toda su propia
idiosincrasia y limitaciones.
Basando sus opiniones en textos aislados, evolucionó gradualmente hacia
un sistema con variaciones respecto a cualquier forma de Cristianismo
existente. Su dogma central era el de la “luz interior”, comunicada
directamente al alma por Cristo “que ilumina a cada hombre que viene al
mundo”. Caminar hacia esta luz y obedecer la voz de Cristo hablando en
el alma fue para Fox la única y máxima tarea del hombre. Credos e
iglesias, concilios, ritos y sacramentos fueron descartados como cosas
externas. Incluso las Escrituras debían ser interpretadas por la luz
interior. Esto significaba llevar la doctrina protestante de la
interpretación individual a su última conclusión lógica. Algunos pasajes
inconvenientes de la Sagrada Escritura, tales como el establecimiento
del Bautismo y la Eucaristía fueron descritos por Fox en sentido
alegórico; mientras que en otros pasajes insistía en una literalidad
desconocida anteriormente. Así, del texto “No jurarás”, dedujo la
ilicitud de juramentos incluso a requerimiento de los magistrados.
Títulos honoríficos, saludos y todas las cosas similares conducentes a
la vanidad, como quitarse el sombrero o la genuflexión debían ser
evitados incluso en presencia del rey. La guerra, incluso defensiva, fue
declarada ilegal. El arte, la música, el teatro deportes de campo y el
baile fueron rechazados por impropios para la seriedad de un cristiano.
Como atuendo, reclamaba esa sencillez en el vestir y ausencia de adornos
que más tarde se convirtieron en la peculiaridad más llamativa de sus
seguidores. No había lugar en su sistema por los clérigos ordenados y
pagados de otras religiones; Fox proclamaba que cada hombre, mujer o
niño, cuando eran movidos por el Espíritu, tenían el mismo derecho a
profetizar y dar testimonio para la formación de los hermanos. De su
rechazo a la dignidad ministerial, se obtuvieron dos conclusiones, de
consecuencias desagradables para los primeros Hermanos; la primera era
que rehusaron pagar diezmos o tasas de la iglesia; la segunda, ellos
celebraban matrimonios entre ellos mismos, sin requerir los servicios de
un ministro legalmente facultado legalmente.
Impulsado por frecuentes “revelaciones”, Fox comenzó la predicación
pública de su nuevo principio. En 1647. No fue su intención el
incrementar la confusión religiosa de la época añadiendo una nueva
secta. Parecía haber sido persuadido de que la doctrina por medio de la
cual él había “llegado en espíritu a través de la espada flamígera al
paraíso de Dios” pudiera ser saludada igualmente por un cristiano, un
turco y un pagano. El entusiasmo y la sinceridad evidente del joven y
grosero predicador le hizo ganar numerosos conversos en todas partes de
Inglaterra; mientras el acceso de Margaret, esposa del juez Fell, tras
el mismo Fox, aseguró a los Amigos un valioso punto de partida en el
aislamiento de Swarthmoor Hall, Lancashire. En un increíblemente corto
período de tiempo, una multitud de apóstoles no ordenados, hombres y
mujeres, recorrieron ambos hemisferios, llevando a los confines de la
tierra, la palabra de Fox.
Un entusiasta se apresuró a Roma a iluminar al Papa; un Segundo fue a
Oriente a convertir al sultán. Las religiones antagónicas dominantes en
Inglaterra antes y después de la Restauración, Presbiterianos y la
Iglesia Establecida, hicieron similares esfuerzos, junto al poder civil,
para aplastar la naciente secta. De los registros detallados con los
que los Amigos, a imitación de los primitivos Cristianos, mantenían los
sufrimientos de su hermandad, deducimos que durante el reinado de Carlos
II, 13652 “Cuáqueros” fueron apresados en varias partes de Inglaterra,
198 transportados como esclavos al otro lado del océano, y 338 murieron
en prisión o por las heridas recibidas durante los violentos asaltos a
sus reuniones. Les fue peor a manos de los
Puritanos
en Massachussets, que no repararon en crueldad para librar la colonia
de esta “maldita secta de herejes”, y ahorcaron a cuatro de ellos, tres
hombres y una mujer en Boston Common. Lo que les hizo ser perseguidos no
fue tanto su teoría de la luz interior o su rechazo a ritos y
sacramentos, como su rechazo a pagar diezmos o prestar el juramento que
marca la ley, o tener relación con el ejército; estas ofensas eran
agravadas en la opinión de los magistrados por su obstinación en rehusar
descubrirse en la corte y tratar de vos a los jueces. Los sufridores
Amigos encontraron al fin un poderoso protector en la persona de su más
ilustre converso, Guillermo, hijo del almirante Penn, que defendió a sus
correligionarios en folletos y discusiones públicas, y, mediante su
influencia con los dos últimos reyes de la dinastía Estuardo, tuvo
frecuentes éxitos protegiéndoles de la violencia del populacho y de la
severidad de los magistrados. Además, Penn les garantizó un refugio
seguro en su gran colonia de Pennsylvania, cuya propiedad adquirió de
Carlos II en liquidación de un préstamo hecho a la corona por su padre.
Con la llegada al trono de Jaime II, la persecución de los Amigos cesó
prácticamente, y en sucesivos decretos del Parlamento obtenidos tras la
Revolución de 1688, sus incapacitaciones fueron eliminadas, sus
escrúpulos en el pago de diezmos y apoyo al ejército fueron respetados, y
su afirmación era aceptada como equivalente a un juramento.
Mientras tanto, Fox, en los períodos entre sus frecuentes presidios,
trabajó para comunicar la apariencia de una organización a la sociedad,
mientras que los excesos de algunos de sus seguidores le impulsaron a
promulgar un código de disciplina. Sus esfuerzos en ambas direcciones
encontraron una fuerte oposición por muchos de los que habían sido
enseñados a mirar la luz interior como la guía completa. Sin embargo, la
mayoría, sacrificando consistencia y consentimiento, y antes de la
muerte de Fox, el 13 de Enero de 1691, el Cuaquerismo se estableció en
los principios que ha conservado sustancialmente.
Aunque los Amigos rechazaban credos como “externos” y “humanos”, sin
embargo ellos, al menos los primeros Cuáqueros y sus modernos seguidores
ortodoxos, admitían los dogmas fundamentales del Cristianismo como
están expuestos en el Credo de los Apóstoles. Rechazando como no
perteneciente a la Escritura, el concepto de Trinidad, confesaban la
divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; la doctrina de la
Redención salvación a través de Jesucristo y la santificación de las
almas por medio del Espíritu Santo. Sus mejores apologistas, como Robert
Barclay y William Penn, no fueron capaces de explicar
satisfactoriamente en qué difiere la “luz interior” de la luz de la
razón individual; ni habían reconciliado la doctrina de la autoridad
suprema de la “voz interior” con las llamadas “externas” a la Escritura y
a Jesucristo. Estas debilidades doctrinales fueron fructíferos gérmenes
de disensiones en tiempos posteriores.
Aunque uno de los primeros “testimonios” de Fox fue la reprobación de
“las casas con agujas”, esto es, los majestuosos edificios con los
cuales la piedad católica cubrió el suelo de Inglaterra, sin embargo, a
medida que el número de adeptos crecía, se vio obligado a agruparlos en
congregaciones para culto y negocios. Estas “reuniones concretas” tenían
lugar el primer día de la semana. Daban culto sin ningún tipo de
liturgia y en silencio hasta que un hombre, mujer o niño era movido por
el Espíritu a “dar testimonio”, cuyo valor era juzgado por el sentido
común de la asamblea. Por un proceso de crecimiento, se generó una forma
de gobierno de la iglesia, que ha sido descrito como sigue:“Toda la
comunidad de los Amigos se modela en algún modo en el sistema
Presbiteriano. Tres niveles de significación o sínodos – mensual,
trimestral y anual – administraban los asuntos de la Sociedad,
incluyendo en su vigilancia temas tanto de disciplina espiritual, como
de política secular. Las reuniones mensuales, compuestas por todas las
congregaciones dentro de un circuito claro, juzga la adaptación de los
nuevos candidatos a ingresar, expedir certificados de pertenencia a
aquellos que cambian de distrito, elegir a los ancianos, vigilar el
ministerio, intentar las reformas o pronunciarse sobre las expulsiones
de todos aquellos que marchan por el mal camino y en general vigilar y
estimular el cumplimiento de las tareas religiosas. Así mismo, hacían
provisiones para atender a los pobres de la Sociedad y asegurar la
educación de sus hijos. Los supervisores también estaban encargados de
ayudar en la consecución de dichos objetivos. También, en las reuniones
mensuales, se aprobaban los matrimonios, previamente a su celebración en
una reunión de culto. Varias reuniones mensuales componen una
trimestral, al cual se enviaban informes generales de la situación y en
el cual las apelaciones obtienen respuesta. El capítulo anual mantiene
la misma posición relativa respecto a los trimestrales que éstos
respecto a los mensuales, y toma el gobierno general de la Sociedad en
un país. “ (Véase Rowntree, Quakerism, Paste and Present, p.60)
Todos los capítulos anuales son supremos e independientes, el único nexo
de unión entre ellos eran las circulares transmitidas entre ellos. La
carta anual del Capítulo de Londres era particularmente apreciada. Con
la desaparición de sus fundadores y el cese de la persecución, el
Cuaquerismo perdió su espíritu misionero y se convirtió en una secta
cerrada y exclusiva. En lugar de atraer a nuevos conversos, desarrolló
una obsesión por hacer cumplir la “disciplina” y los “renegados”, es
decir, expulsados, multitud de sus miembros por temas insignificantes en
las cuales la conciencia moral podría no percibir ofensas morales. En
consecuencia, iban menguando año a año, siendo gradualmente absorbidos
por otras sectas más vigorosas, y muchos derivando en el Unitarismo.
En los Estados Unidos, donde, a principio del último siglo, tenían ocho
prósperos capítulos anuales, su progreso fue detenido por dos cismas,
conocidos como la separación de 1828 y la Controversia Wilburite. La
perturbación de 1828 fue ocasionada por la predicación de Elías Hicks
(1748-1830), un elocuente y enormemente popular predicador, quien, en
sus últimos años planteó unas visiones totalmente erróneas relativas a
la persona y trabajo de Cristo. Fue denunciado como
Unitarista;
y, si bien la acusación parecía bien fundamentada, muchos le apoyaron,
no tanto por comulgar con sus herejías teológicas, como en protesta
contra el excesivo poder e influencia reclamados por ancianos y
supervisores. Tras muchos años de riñas, los Amigos se separaron en dos,
los Ortodoxos y los Hicksitas, renegando cada uno del otro, y
reclamando ser la sociedad original. Diez años después, los Ortodoxos se
dividieron por la oposición de John Wilbur a los métodos
evangelizadores de un misionero inglés, Joseph John Gurney. Como tema
fundamental que los Ortodoxos mantenían con Gurney, la facción Wilburita
organizó un capítulo anual cismático. Estos cismas perduran hasta hoy.
Existe también una secta microscópica conocida como “Primitivos” Amigos,
principalmente ramificaciones de los Wilburitas que reclamaban haber
eliminado todas las últimas adiciones a la fe y práctica de los primeros
fundadores de la sociedad.
En los campos de la educación, caridad y filantropía, los Amigos habían
ocupado un lugar muy desproporcionado a su número. Existen en Estados
Unidos muchos colegios importantes de su fundación. Son ejemplares en el
cuidado de sus pobres y enfermos. Mucho antes que otras denominaciones,
denunciaron la esclavitud y no permitieron a ninguno de sus miembros
poseer esclavos. Sin embargo no apoyaron la abolición de la esclavitud
por métodos violentos. También fueron eminentemente cuidadosos en el
bienestar y trato correcto a los indios.
Información de publicción
Escrito por James F. Loughlin. Transcrito por Thomas J. Bress. Traducido
por José Ponce
The Catholic Encyclopedia, Volume VI. Published 1909. New York: Robert
Appleton Company. Nihil Obstat, September 1, 1909. Remy Lafort, Censor.
Imprimatur. +John M. Farley, Archbishop of New York
Bibliografía
SCHAFF, Creeds and Christendom (New York, 1884), I, III; THOMAS, ALLAN
C. AND RICHARD H., History of the Society of Friends in America in
American Church History Series (New York, 1894), XII--contains excellent
bibliography; SMITH, JOSEPH, Descriptive Catalogue of Friends' Books
(London, 1867; supplement, London, 1893); IDEM, Bibliotheca
Anti-Quakeriana, A Catalogue of Books Adverse to the Society of Friends
(London, 1873); JANNEY, History of the Religious Society of Friends from
the Rise to the year 1828 (2nd ed., Philadelphia, 1837-50). The Works
of FOX were published at London, 1694-1706; the Works of BARCLAY were
edited by WILLIAM PENN (London, 1692).
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